miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Positivismo tóxico o la inmadurez

 En los últimos años, el positivismo se ha convertido en un credo moderno. Se repiten frases motivacionales como mantras: “si lo deseas, puedes lograrlo” o “todo depende de tu actitud”. Sin embargo, cuando esta mentalidad se lleva al extremo, deja de ser una herramienta de esperanza y se transforma en un mecanismo de negación. El exceso de positivismo puede ser profundamente perjudicial, porque exige percibir la vida solo a través del filtro de lo agradable, eliminando la complejidad y el sufrimiento que también forman parte de la experiencia humana.

La positividad tóxica es una forma de autoengaño disfrazada de virtud. Consiste en imponer un optimismo permanente que niega el conflicto, el dolor y la complejidad de la vida, convirtiendo cualquier emoción incómoda en algo que debe ser corregido en lugar de escuchado y quizás aceptado como algo que no tiene solución. Esta actitud no solo nos desconecta de la realidad, sino que nos vuelve vulnerables a problemas mucho más graves, precisamente porque evita que miremos de frente aquello que nos pide atención y cambio.

Creer que todo se resuelve con actitud positiva ignora factores como la salud mental, la responsabilidad personal y la necesidad de ayuda profesional. El positivismo exagerado puede convertirse en una forma de autoengaño. No solo minimiza el dolor o la injusticia, sino que culpa a las personas por no “pensar correctamente” cuando las cosas van mal; básicamente no reconocer la realidad tal como es, con sus luces y sombras. La madurez emocional consiste en aceptar que la vida no siempre mejora por voluntad, sino por conciencia y acción sostenida.

Además esta forma de relacionarse con las emociones rompe el vínculo con la realidad interna. Si cada vez que aparece un conflicto se responde con optimismo obligatorio, se pierde información valiosa: la tristeza que indica pérdida, la rabia que señala injusticia, el miedo que advierte de un peligro. Lo que no se escucha no desaparece; se desplaza hacia dentro en forma de ansiedad, somatizaciones o sensación de vacío. Así, la positividad deja de ser una herramienta de resiliencia y se convierte en un mecanismo de negación

Sostener una positividad rígida suele estar ligado a una profunda inmadurez emocional. En lugar de aprender a convivir con emociones contradictorias —amar a alguien y estar enfadado con esa persona, tener un trabajo estable y sentirse explotado— se exige un mundo simplificado donde todo sea “bueno”, “constructivo” y “luminoso”. La incomodidad se vive como una amenaza a la propia identidad: si me siento mal, soy débil; si dudo, fracaso; si me quejo, soy tóxico. Esa visión dicotómica impide el desarrollo de una vida interior rica y matizada.

La baja tolerancia a la frustración es otra pieza central. Quien depende de la positividad tóxica no soporta la idea de que las cosas salgan mal, de que alguien le confronte o de que la realidad no se ajuste a sus deseos. En vez de revisar decisiones, pedir disculpas o asumir límites, responde con eslóganes: “no te quedes en lo negativo”, “mira el lado bueno”, “si piensas así, atraes problemas”. Esta retórica protege el narcisismo pero perjudica la capacidad de aprender de los errores. Al no integrar la frustración, se repiten los mismos patrones una y otra vez.

Así por ejemplo, esperar que alguien con un patrón crónico de maltrato cambie, es una distorsión profunda de la realidad: se equipara dejar de ir al gimnasio por pereza con sostener conductas violentas, como si todo fuera cuestión de fuerza de voluntad y buenos deseos. El abuso no se corrige con optimismo, sino con responsabilidad, límites y, muchas veces, alejamiento y protección.

En última instancia, la madurez no consiste en eliminar lo negativo, sino en aprender a convivir con ello sin colapsar ni negar. Frente a la positividad tóxica, se vuelve urgente reivindicar una positividad adulta: aquella que mira de frente la realidad, reconoce el dolor, integra la pérdida y, precisamente por eso, puede construir esperanza sin autoengaño.

sábado, 19 de julio de 2025

La brújula moral o la revolución consciente

 

Inspirado en las líneas de pensamiento de Antonio Escohotado

En un mundo saturado de normas, etiquetas y doctrinas prefabricadas, la brújula moral se revela no como un conjunto de mandamientos grabados en piedra, sino como una delicada resonancia interior que nos orienta, si sabemos escucharla. No habla en imperativos categóricos, sino en ecos íntimos: ”¿Cómo me sentiría yo si esto me lo hicieran a mí?” Es ahí donde empieza el verdadero juicio ético.

Antonio Escohotado, heredero de una tradición filosófica que desconfía de la moral impuesta desde fuera, nos recuerda que la conciencia no es una obediencia ciega, sino una capacidad crítica, un arte de pensar y sentir por uno mismo. Y en ese arte, hay una regla de oro que, aunque simple en apariencia, contiene la arquitectura de una ética profunda: no hagas al otro lo que no desearías para ti mismo.

Esta máxima, tan antigua como universal, no necesita ser revestida de teología ni de legalismo. Funciona porque apela a la empatía radical, al reconocimiento de que el otro también sufre, también teme, también desea ser tratado con dignidad. Si dejamos que esa conciencia nos atraviese, descubrimos que muchas de nuestras acciones cotidianas —desde el modo en que hablamos a quien nos sirve un café, hasta cómo reaccionamos ante el error ajeno— están impregnadas de un potencial ético que ignoramos o despreciamos por rutina o por prisa.

Pero esta brújula no apunta hacia una bondad fingida ni hacia una moralina de escaparate. Escohotado nunca defendió una ética del autoengaño. La lucidez, para él, era inseparable de la honestidad: no se trata de parecer buenos, sino de hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos. La brújula moral no nos exige perfección, sino coherencia. No nos pide renunciar al conflicto, sino habitarlo con integridad.

Dejar de hacer lo que no quisiéramos recibir no es pasividad ni cobardía. Es un acto consciente de freno, de reflexión, de no tomar el atajo fácil del desprecio, del abuso o del juicio rápido. Es, en definitiva, la negativa voluntaria a reproducir la violencia que nos ha dolido, a perpetuar la indiferencia que nos ha marcado.

En tiempos donde la agresión se camufla de sinceridad, y la crueldad de autenticidad, la brújula moral vuelve a ser un arte revolucionario. No como un dogma, sino como una sensibilidad lúcida. No para vivir una vida de santos, sino para dejar de ser cómplices ciegos del daño.

La ética, en esta clave, no es un conjunto de prohibiciones, sino una ampliación de conciencia. Y cuando nos descubrimos capaces de mirar al otro como a un igual —no desde la condescendencia, sino desde la identificación—, algo cambia. Porque entonces, por un instante al menos, el mundo deja de girar solo en torno a nuestro ombligo, y empezamos a orientarnos no por el interés, sino por la dignidad.

Esa es la brújula. No perfecta. No infalible. Pero humana. Y profundamente necesaria.


El Positivismo tóxico o la inmadurez

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