domingo, 31 de mayo de 2026

Competencia relacional

 La palabra competencia procede del latín competentia, derivada del verbo competere. Este término latino poseía varios significados que resultan especialmente reveladores: «concurrir juntos», «corresponder», «ser adecuado para algo» o «estar a la altura de una determinada circunstancia». Curiosamente, en su origen no encontramos la idea moderna de rivalidad o lucha contra otros, sino la de adecuación, ajuste y capacidad. Una persona competente no era, en primer lugar, quien derrotaba a los demás, sino quien respondía correctamente a aquello que la realidad le exigía.

Esta precisión etimológica es importante porque nos permite comprender una confusión frecuente de nuestro tiempo. Hemos llegado a asociar la competencia exclusivamente con la competición, como si el valor de una persona dependiera de superar constantemente a quienes la rodean. Sin embargo, la raíz del concepto apunta en otra dirección. Ser competente significa poseer los conocimientos, habilidades, criterios y actitudes necesarios para afrontar una tarea de manera eficaz y adecuada. No se trata de ser mejor que los demás, sino de estar a la altura de las circunstancias. Por extensión, una persona competente es aquella capaz de transformar sus intenciones en resultados. 

No basta con tener buenas ideas, nobles propósitos o excelentes deseos. La competencia aparece cuando el conocimiento se convierte en acción efectiva. El médico competente no es únicamente quien conoce la teoría de las enfermedades, sino quien sabe aplicarla correctamente ante un paciente concreto. El conductor competente no es quien ha memorizado el código de circulación, sino quien conduce de forma segura cuando las condiciones se complican. Del mismo modo, el padre, la madre, el amigo o el compañero competente son aquellos que responden adecuadamente a las responsabilidades que han asumido, o cuyo comportamiento está adecuado a la situación adversa que se hayan vistos obligados a gestionar. 

La competencia constituye una de las virtudes más importantes de cualquier sociedad avanzada porque genera confianza. Allí donde existe competencia, las personas pueden cooperar con cierta tranquilidad. Cuando nos subimos a un avión, confiamos en la competencia del piloto. Cuando acudimos a un hospital, depositamos nuestra salud en la competencia de los profesionales sanitarios. Cuando atravesamos un puente, suponemos que los ingenieros que lo diseñaron fueron competentes. Gran parte de la civilización descansa sobre una red invisible de competencias acumuladas y ejercidas con responsabilidad.

En el ámbito laboral, la competencia representa mucho más que una herramienta para obtener ingresos. El trabajo es uno de los principales espacios donde el ser humano expresa sus capacidades y contribuye al bien común. La competencia profesional permite generar valor, resolver problemas y aportar soluciones que otras personas necesitan. Una sociedad prospera cuando quienes ocupan puestos de responsabilidad poseen la preparación necesaria para desempeñarlos. Por el contrario, la incompetencia tiene un coste enorme: errores, desperdicio de recursos, frustración colectiva y pérdida de confianza institucional. Cada vez que una tarea es realizada por alguien incapaz de asumirla correctamente, no solo se perjudica a sí mismo, sino también a quienes dependen de su trabajo, sin tener en cuenta otra serie de daños colaterales que sin duda ocurren precisamente por esa falta de conocimiento y nulas herramientas, en definitiva falta de capacidad (concepto que no desarrollaré en este texto para claridad del mismo, pues la capacidad es lo suficientemente amplio como
para otra de estas reflexiones fugaces). 

Pero la competencia no termina al salir de la oficina o del lugar de trabajo. También desempeña un papel esencial en la vida social. Ser competente socialmente implica comprender las normas de convivencia, interpretar adecuadamente los contextos y actuar con inteligencia relacional. No consiste en agradar a todo el mundo ni en buscar aprobación constante. Significa saber escuchar cuando corresponde escuchar, hablar cuando es necesario hablar y guardar silencio cuando el silencio resulta más prudente que cualquier discurso. Muchas tensiones sociales no nacen de la mala voluntad, sino de la falta de competencia para gestionar diferencias, desacuerdos o conflictos inevitables.

Todavía resulta más evidente la importancia de la competencia en las relaciones interpersonales. Amar, cuidar, acompañar o sostener emocionalmente a otra persona son tareas que exigen capacidades concretas. Existe la creencia romántica de que las buenas intenciones bastan para construir relaciones sanas. La experiencia demuestra lo contrario. Una persona puede querer profundamente a otra y, sin embargo, carecer de las habilidades necesarias para comunicarse, resolver conflictos o gestionar sus emociones. El afecto es importante, pero el afecto sin competencia relacional suele producir sufrimiento involuntario. 

Nos han bombardeado sobre la responsabilidad emocional, pero para suerte o desgracia de nuestra finita pero compleja idiosincrasia, creo que merece la pena que estudiemos un concepto sobre el que creo que hay poco escrito o yo por lo menos no he encontrado nada de suficiente enjundia, así que me he atrevido a esbozar unas cuantas líneas sobre: la competencia relacional

Si aceptamos que ser competente significa responder adecuadamente a las exigencias de una situación, la competencia relacional puede definirse como la capacidad de responder adecuadamente a las exigencias que plantea la convivencia con otras personas. La definición parece sencilla, pero encierra una dificultad extraordinaria. Las máquinas, los procedimientos o los problemas técnicos suelen obedecer a reglas relativamente estables. Las personas no. Cada individuo posee necesidades, expectativas, emociones, miedos, aspiraciones y experiencias distintas. Relacionarse bien exige, por tanto, mucho más que conocimiento teórico: requiere juicio, sensibilidad y capacidad de adaptación.

La competencia relacional no consiste en agradar. Tampoco en evitar conflictos. Mucho menos en someterse a los deseos ajenos para preservar una aparente armonía. Una relación sana no se construye sobre la ausencia de desacuerdos, sino sobre la capacidad de gestionarlos de forma razonable. Ser competente relacionalmente significa saber mantener el respeto incluso cuando existe discrepancia. Con frecuencia se confunde la bondad con la competencia relacional. Sin embargo, son conceptos distintos. Una persona puede ser bondadosa y, al mismo tiempo, incompetente en sus relaciones. Puede querer ayudar y acabar perjudicando. Puede intentar proteger y terminar asfixiando. Puede desear evitar sufrimiento y generar más sufrimiento precisamente por no saber establecer límites adecuados. Las buenas intenciones son valiosas, pero no sustituyen a las habilidades necesarias para relacionarse correctamente.

Postulo pues la competencia relacional como un concepto multidimensional (no se asusten, pero creo que esta disección permite una comprensión más amplia). La primera dimensión de la competencia relacional es la comprensión. Comprender no significa necesariamente estar de acuerdo. Significa esforzarse por percibir la realidad desde la perspectiva del otro. Todo ser humano interpreta el mundo a través de una historia personal que condiciona sus reacciones. La persona competente intenta entender antes de juzgar. Sabe que muchas conductas aparentemente irracionales poseen una lógica interna cuando se observan desde la experiencia de quien las protagoniza.

La segunda dimensión es la comunicación. Buena parte de los conflictos humanos no surgen de desacuerdos profundos, sino de mensajes mal transmitidos, mal interpretados o nunca expresados. La competencia comunicativa implica claridad, honestidad y precisión. Significa expresar lo que se piensa sin agresividad y escuchar lo que otros piensan sin ponerse inmediatamente a la defensiva. Una conversación productiva requiere tanto saber hablar como saber escuchar.

La tercera dimensión es la regulación emocional. Las emociones son información valiosa, pero constituyen malos gobernantes cuando asumen el control absoluto. Una persona relacionalmente competente reconoce sus emociones sin convertirse en esclava de ellas. Puede sentir ira sin volverse agresiva, tristeza sin abandonar sus responsabilidades o miedo sin dejar que este determine todas sus decisiones. La madurez relacional aparece cuando existe una distancia suficiente entre lo que se siente y lo que se hace.

La cuarta dimensión es la capacidad para establecer límites. Toda relación saludable posee fronteras. La competencia relacional incluye saber decir “sí” cuando corresponde y saber decir “no” cuando resulta necesario. Muchas personas consideran que poner límites deteriora las relaciones. En realidad, suele ocurrir lo contrario. Las relaciones se deterioran cuando los límites necesarios nunca son expresados y el resentimiento se acumula silenciosamente durante años.

También forma parte de la competencia relacional la responsabilidad. Las personas competentes asumen las consecuencias de sus actos. No atribuyen sistemáticamente todos los problemas a factores externos ni convierten a otros en responsables permanentes de su bienestar emocional. Comprenden que una relación implica obligaciones recíprocas y que la confianza se construye mediante comportamientos consistentes a lo largo del tiempo.

Existe además un aspecto particularmente importante: la capacidad para tolerar la frustración. Ninguna relación humana puede satisfacer todas nuestras necesidades ni cumplir todas nuestras expectativas. Las personas incompetentes relacionalmente suelen interpretar cualquier decepción como una traición o una falta de amor. Las personas competentes entienden que el desacuerdo, la imperfección y la frustración forman parte inevitable de la convivencia humana.

Desde esta perspectiva, una relación madura no es aquella donde nunca aparecen conflictos, sino aquella donde los conflictos pueden abordarse sin destruir el vínculo. La calidad de una relación no se mide por la ausencia de problemas, sino por la capacidad de ambas partes para afrontarlos. Quizá por ello la competencia relacional sea una de las formas más complejas de competencia que existen. Aprender una técnica o dominar una herramienta suele depender principalmente de nuestro esfuerzo individual. Aprender a relacionarnos exige algo más difícil: reconocer que convivimos con seres humanos tan complejos, contradictorios e imperfectos como nosotros mismos.

Al final, la competencia relacional podría resumirse como la capacidad de combinar tres elementos que rara vez aparecen equilibrados: comprensión hacia los demás, responsabilidad sobre uno mismo y respeto mutuo. Cuando uno de estos elementos falta, las relaciones se vuelven inestables. Cuando los tres están presentes, surge algo extraordinariamente escaso: la confianza. Y pocas cosas tienen más valor en la vida humana que poder confiar y ser digno de confianza.

Por eso, en las relaciones humanas, la competencia adopta formas muy diversas: capacidad de escucha, autocontrol, empatía, honestidad, cumplimiento de compromisos y disposición para asumir responsabilidades. Quien desarrolla estas capacidades genera seguridad en quienes le rodean. Y la seguridad constituye uno de los bienes más valiosos que podemos ofrecer a los demás.

La verdadera competencia, por tanto, no debe entenderse como una carrera interminable contra otras personas. Es, ante todo, un compromiso con la realidad. Consiste en reconocer qué exige cada situación y esforzarse por responder a ella de la mejor manera posible. La pregunta decisiva no es si somos superiores a otros, sino si estamos preparados para cumplir adecuadamente con aquello que la vida nos ha confiado.

Al final, la competencia no es una cuestión de prestigio, sino de responsabilidad. Porque toda responsabilidad asumida sin competencia termina convirtiéndose en una carga para los demás. Y toda competencia desarrollada con humildad y empeño, acaba transformándose en una forma silenciosa de servicio, independientemente de nuestro rol en la verticalidad o en la horizontalidad. 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Positivismo tóxico o la inmadurez

 En los últimos años, el positivismo se ha convertido en un credo moderno. Se repiten frases motivacionales como mantras: “si lo deseas, puedes lograrlo” o “todo depende de tu actitud”. Sin embargo, cuando esta mentalidad se lleva al extremo, deja de ser una herramienta de esperanza y se transforma en un mecanismo de negación. El exceso de positivismo puede ser profundamente perjudicial, porque exige percibir la vida solo a través del filtro de lo agradable, eliminando la complejidad y el sufrimiento que también forman parte de la experiencia humana.

La positividad tóxica es una forma de autoengaño disfrazada de virtud. Consiste en imponer un optimismo permanente que niega el conflicto, el dolor y la complejidad de la vida, convirtiendo cualquier emoción incómoda en algo que debe ser corregido en lugar de escuchado y quizás aceptado como algo que no tiene solución. Esta actitud no solo nos desconecta de la realidad, sino que nos vuelve vulnerables a problemas mucho más graves, precisamente porque evita que miremos de frente aquello que nos pide atención y cambio.

Creer que todo se resuelve con actitud positiva ignora factores como la salud mental, la responsabilidad personal y la necesidad de ayuda profesional. El positivismo exagerado puede convertirse en una forma de autoengaño. No solo minimiza el dolor o la injusticia, sino que culpa a las personas por no “pensar correctamente” cuando las cosas van mal; básicamente no reconocer la realidad tal como es, con sus luces y sombras. La madurez emocional consiste en aceptar que la vida no siempre mejora por voluntad, sino por conciencia y acción sostenida.

Además esta forma de relacionarse con las emociones rompe el vínculo con la realidad interna. Si cada vez que aparece un conflicto se responde con optimismo obligatorio, se pierde información valiosa: la tristeza que indica pérdida, la rabia que señala injusticia, el miedo que advierte de un peligro. Lo que no se escucha no desaparece; se desplaza hacia dentro en forma de ansiedad, somatizaciones o sensación de vacío. Así, la positividad deja de ser una herramienta de resiliencia y se convierte en un mecanismo de negación

Sostener una positividad rígida suele estar ligado a una profunda inmadurez emocional. En lugar de aprender a convivir con emociones contradictorias —amar a alguien y estar enfadado con esa persona, tener un trabajo estable y sentirse explotado— se exige un mundo simplificado donde todo sea “bueno”, “constructivo” y “luminoso”. La incomodidad se vive como una amenaza a la propia identidad: si me siento mal, soy débil; si dudo, fracaso; si me quejo, soy tóxico. Esa visión dicotómica impide el desarrollo de una vida interior rica y matizada.

La baja tolerancia a la frustración es otra pieza central. Quien depende de la positividad tóxica no soporta la idea de que las cosas salgan mal, de que alguien le confronte o de que la realidad no se ajuste a sus deseos. En vez de revisar decisiones, pedir disculpas o asumir límites, responde con eslóganes: “no te quedes en lo negativo”, “mira el lado bueno”, “si piensas así, atraes problemas”. Esta retórica protege el narcisismo pero perjudica la capacidad de aprender de los errores. Al no integrar la frustración, se repiten los mismos patrones una y otra vez.

Así por ejemplo, esperar que alguien con un patrón crónico de maltrato cambie, es una distorsión profunda de la realidad: se equipara dejar de ir al gimnasio por pereza con sostener conductas violentas, como si todo fuera cuestión de fuerza de voluntad y buenos deseos. El abuso no se corrige con optimismo, sino con responsabilidad, límites y, muchas veces, alejamiento y protección.

En última instancia, la madurez no consiste en eliminar lo negativo, sino en aprender a convivir con ello sin colapsar ni negar. Frente a la positividad tóxica, se vuelve urgente reivindicar una positividad adulta: aquella que mira de frente la realidad, reconoce el dolor, integra la pérdida y, precisamente por eso, puede construir esperanza sin autoengaño.

sábado, 19 de julio de 2025

La brújula moral o la revolución consciente

 

Inspirado en las líneas de pensamiento de Antonio Escohotado

En un mundo saturado de normas, etiquetas y doctrinas prefabricadas, la brújula moral se revela no como un conjunto de mandamientos grabados en piedra, sino como una delicada resonancia interior que nos orienta, si sabemos escucharla. No habla en imperativos categóricos, sino en ecos íntimos: ”¿Cómo me sentiría yo si esto me lo hicieran a mí?” Es ahí donde empieza el verdadero juicio ético.

Antonio Escohotado, heredero de una tradición filosófica que desconfía de la moral impuesta desde fuera, nos recuerda que la conciencia no es una obediencia ciega, sino una capacidad crítica, un arte de pensar y sentir por uno mismo. Y en ese arte, hay una regla de oro que, aunque simple en apariencia, contiene la arquitectura de una ética profunda: no hagas al otro lo que no desearías para ti mismo.

Esta máxima, tan antigua como universal, no necesita ser revestida de teología ni de legalismo. Funciona porque apela a la empatía radical, al reconocimiento de que el otro también sufre, también teme, también desea ser tratado con dignidad. Si dejamos que esa conciencia nos atraviese, descubrimos que muchas de nuestras acciones cotidianas —desde el modo en que hablamos a quien nos sirve un café, hasta cómo reaccionamos ante el error ajeno— están impregnadas de un potencial ético que ignoramos o despreciamos por rutina o por prisa.

Pero esta brújula no apunta hacia una bondad fingida ni hacia una moralina de escaparate. Escohotado nunca defendió una ética del autoengaño. La lucidez, para él, era inseparable de la honestidad: no se trata de parecer buenos, sino de hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos. La brújula moral no nos exige perfección, sino coherencia. No nos pide renunciar al conflicto, sino habitarlo con integridad.

Dejar de hacer lo que no quisiéramos recibir no es pasividad ni cobardía. Es un acto consciente de freno, de reflexión, de no tomar el atajo fácil del desprecio, del abuso o del juicio rápido. Es, en definitiva, la negativa voluntaria a reproducir la violencia que nos ha dolido, a perpetuar la indiferencia que nos ha marcado.

En tiempos donde la agresión se camufla de sinceridad, y la crueldad de autenticidad, la brújula moral vuelve a ser un arte revolucionario. No como un dogma, sino como una sensibilidad lúcida. No para vivir una vida de santos, sino para dejar de ser cómplices ciegos del daño.

La ética, en esta clave, no es un conjunto de prohibiciones, sino una ampliación de conciencia. Y cuando nos descubrimos capaces de mirar al otro como a un igual —no desde la condescendencia, sino desde la identificación—, algo cambia. Porque entonces, por un instante al menos, el mundo deja de girar solo en torno a nuestro ombligo, y empezamos a orientarnos no por el interés, sino por la dignidad.

Esa es la brújula. No perfecta. No infalible. Pero humana. Y profundamente necesaria.


miércoles, 25 de agosto de 2021

cua, cua, cua

Se supone que no debía volver a este vodevil. Esperaba que el progreso, el avance, el cambiar de las cosas, los avatares de la vida y si no, la revolución; fueran suficientes para mantener a este vodevil cogiendo polvo. Pero aquí estamos, entre la ineptitud y la apatía; loco por incordiar.

Nos han vendido que desde la comodidad del sillón a mediación de la pantalla, todo se consigue a golpe de click, todo está en internet (aunque nada generalmente es, y en su mayoría carece de sustancia y sustento), nos han engañado, nos engañan, nos dejamos engañar.

Estamos en la era de la etiqueta, el político de redes sociales y hashtag. El parcheo insoportable de todo lo parcheable sin llegar a soluciones concretas, viables, conscientes, duraderas ni validas. Todo es una aproximación insoportable, la cultura del mas o menos; hasta que cae y se rompe. 

La propaganda que nos inunda hiede. Os han contado que votar cada cuatro años es democracia, ¡menuda falacia! Lo peor de todo, es mi darse cuenta. Pensarse que jugamos un papel en todo este engranaje, que importamos algo, que le importamos a alguien, es el éxito de este engranaje maquiavélico (sin hablar de fiarse de quien escribe los planes, otro colgado).

Las revoluciones no se hacen en papel electrónico, la presión no se ejerce desde los foros, ni en las redes sociales, se ejerce desde los medios, en la calle, en los organismos, la pantalla no escuece el papel de un diario, sí. 

Hemos llegando a la supina indolencia, donde si nos plantasen un zapato sobre el plato no nos extrañaríamos, y alguno que otro se lo intentaria tragar.

Las redes sociales, no son mas que un mero escaparate para distraer al personal. Toda revolución todo conato de agitación de la masa ajena, no motivada, usuaria de la red social, termina en un inútil predicar en el desierto. Cada vez que leen a alguien enajenando a la masa por medios telemáticos, o impartir lecciones, es como si escuchasen lo mismo que un pato en un estanque: cua, cua, cua.




viernes, 8 de septiembre de 2017

Un reflexión sobre la educación 

Sorprendentemente, la educación abre mas puerta que las que cierra. Es pensamiento extendido, creer que pegando voces y haciendo ademanes histéricos se consiguen las cosas, y quizás así sea. Pero hay un matiz que merece la pena considerar:  

"Cuando las cosas se hacen con educación, lo que obtenemos es fruto del agrado, cuando el vehículo es la falta de educación, lo que se intenta es escabullir la agresión." 

Al fin y al cabo el mal educado es un agresor. 
Esta agresión está muy extendida en el ámbito del servicio público. Algunos atribuyen a que la gratuidad del mismo es objeto de desprestigio en la opinión general de los usuarios y así pretenden justificar la falta de decoro. Huelga decir que esto es rotundamente estúpido, ya que la gratuidad no es sinónimo de poca calidad, sino es un lujo a cuidar. 

Como todo agresor, el maleducado suele ser un tipo de baja moral poca ética y menos luces. Ante tal falta de recursos solo le queda el esperpento y las palabras malsonantes. Sin embargo, hay un aspecto también a tener muy en cuenta. La mala educación es un acto VOLITIVO; el que no es educado es porque no quiere. 

Siguiendo las leyes de la física: toda acción tiene una reacción de igual intensidad y de opuesto sentido, es sensato esperar que la agresión se torne contra el agresor sin ningún tipo de piedad. Por lo tanto, puede establecerse sin temor, que la falta de educación es lo mismo que tirar piedras contra el propio tejado

Sea que todo esto no lo digo yo: 

«Cuando no existen las posibilidades de educarse, de levantar dentro de la masa corpórea la estatua magnífica de un espíritu cultivado, no se es hombre, y mucho menos se puede ser ciudadano».Indalecio Prieto


«Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida».Pitágoras

«El resultado más elevado de la educación es la tolerancia» Helen Keller

«Los educadores, más que cualquier otra clase de profesionales, son los guardianes de la civilización».Bertrand Russell

«Los ejemplos corrigen mucho mejor que las reprimendas». Voltaire

«¿Por qué la sociedad se siente responsable solamente de la educación de los niños y no de la educación de todos los adultos de todas las edades? Erich Fromm

 Así pues, la próxima vez que le eche cojonazos en faltarle en respeto a alguien, independientemente de su forma, genero, especie, ideología, orientación, costumbres, cargos, ideas, preferencias, gustos, religión... sepa que estará haciéndose usted mismo mas mal que bien, y sin duda el ridículo mas espantoso, quiérase un poco, anteponga la educación. 

viernes, 1 de septiembre de 2017

De insulas baratarias

Despacito, dejándolo estar, callandito y al trantran, sin dejar de mirar a mi alrededor, vuelvo a enfrentarme a este pendenciero vodevil con la incertidumbre y la desazón que producen las páginas en blanco, ávidas de ideación. 

Pensé que la vida cura el asombro. Pero he de reconocer que mas bien sucede lo contrario, conforme pasa la vida me encuentro mas pavoroso, ojiplático y a veces sorprendido, cuando las ideas chocan de  frente y a mala leche contra el sentido común. Ojo, nadie ha hablado de cordura, si estuviera cuerdo no estaría encarado con esta tarea, pero afortunadamente yo también adolezco de alguna carencia cognitiva que me neurotiza y por eso intento encontrar algo de equilibrio. 

Entre idas y venidas; parece que la libertad de expresión se ha convertido en libertinaje, sin tapujos, ni vergüenza, se comete desacato a la Constitución en acto de secesión. No sólo se vende la moto a la población, si no que aquí, se abre la boca indolente y se traga; y si no, da igual porque nunca estuvo la democracia mas lejana de su esencia real. Y para rematar la función, ahora parece que lleva más razón el que resulte ser más faltón y tenga mas de hominido anormal que de educación.

Son testigos de excepción, los medios de comunicación que como los pimientos de padrón, unos informan y otros no.

En efecto, tenemos dirigentes sin preparación y escasos en conocimientos, cortitos de sesera, y con durezas en la mollera, se posicionan cercanos a Don Quijote que a Cervantes, y este desatino redunda en una terrible gestión; donde impera el redito al seso, el enchufismo al mérito, y las ínsulas baratarias a la razón.




Ahora resulta que Cataluña, se postula con intentona independiente, a pesar de tener la hucha rota: http://www.datosmacro.com/deuda/espana-comunidades-autonomas/cataluna y la buena educación a la espera de aparecer,  ya han demostrado no saber cuando puede uno lucir su bandera, o unirse a una condena nacional del terrorismo y la violencia.

Además hablan desde un púlpito que no les corresponde (entre otras cosas porque Cataluña nunca fue país, solo Barcelona fue un condado luego anexionado al reino de Aragón y favorecido en su desarrollo durante la dictadura), si no que su forma de colaborar con la zozobra nacional es quitarse de en medio, con intentona golpista, parece que la corruptela nacional es cosa de otros, que a ellos no les afecta. Quizás prefieren ser cómplices de semejante maniobra de ultraje a la Constitución y seguir propiciando el saqueo local con una justificación histórica irreal, eso da igual, un patriotismo de cartón y menos perspectiva que un balcón de patio interior. 

Esto es lo que pasa cuando no se conoce la historia académica, así se tiene poca o ninguna capacidad de critica racional frente a los cuentos y ensoñaciones visionarias. Tiene gracia la intención: es mejor dejarse guiar por profetas y adivinos, en vez de preguntar que a dónde va el finado una vez ejecutada la esperpéntica operación. 

Despacito, dejándolo estar, callandito y al trantran.




domingo, 26 de junio de 2016

Cuando el ángel decida volver

"Lo importante era la venganza y recobrar el trono." Ya lo cronificó Shakespeare en Macbeth. Y fiel a su autor más internacional, la picara Inglaterra enfrenta a su generación más mayor y conservadora, anulando las expectativas, anhelos de su generación más joven preparada y con más amplitud de miras. Cuan insano hay que ser para enfrentar a tus propios vecinos, sin tapujos, en un despiadado encontronazo.

 La pérfida británica que aspira a dejar de ser Gran Bretaña para quedarse en la Pequeña Inglaterra, sigue la estela de Macbeth, hay que vengarse aunque sea de tu propio vecino o tú misma familia, pero hay que vengarse, aunque no haya motivo, y se olviden las prebendas y facilidades que la vieja Europa ha tenido con los británicos, que aún no consigo saber por qué. Era una broma! Mascullan desde las islas entre gintonics y resaca de mentiras nacionalistas con afectos naftalinados, ante la seriedad escocesa, irlandesa y de los saxones hartos de estupidez gratuita. Y así les luce pelo.

 No dudo que no nos quedaremos atrás: la corrupción no se tendrá en cuenta a la hora de votar, no se castigará la impericia, ni la risotada en nuestra cara de partidos políticos que muy preocupado por "los problemas de los españoles" ha sido incapaz de entenderse para crear gobierno y trabajar de verdad para al menos esconder las vergüenzas de esta democracia prostituida en despotismo ilustrado, que se pierde en estulticias territoriales y fruslerías de postín para esquivar las balas de los problemas serios, graves y reales. Así nos luce el pelo.

 Para terminar la caterva de eslóganes políticos , se promulga el caciquismo actual, jueces al servicio de la política, la vida al servicio de la política para prorrogar la mierda. Montesquieu debe de estar a carcajadas ante nuestra jodienda.

 Al final, no habra música de bienvenida,
 esfumada la esperanza y apagadas las colillas,
cuando el ángel decida volver.
 Nos verá contando hasta tres, justo antes de emprender la huida, tomaremos el fracaso como punto de partida y el amor como dogma de fe, (Aunque jodidos que nos pille cantando)

Competencia relacional

  La palabra competencia procede del latín competentia, derivada del verbo competere. Este término latino poseía varios significados que res...